¿Por qué decidí participar en esta locura? Pues es una buena pregunta, la verdad.

El año pasado fue una amiga mía y me animó a ir, pero yo trabajaba aquel fin de semana y la cosa quedó descartada. De todas formas, en mi subconsciente debió quedar la semillita y, en noviembre del año pasado, la idea volvió a mi cabeza. Se lo sugerí a un grupo de amigos, con pocas esperanzas, la verdad, e, increíblemente, a todos les pareció buena idea. Hecha la inscripción y reservado el alojamiento, solo nos quedaba esperar a que llegase el gran día.

Y el día acabó llegando. La previsión del tiempo es pésima. Mucha lluvia y bastante frío. Las condiciones son tan malas que el día anterior por la noche la organización decidió recortar la ruta y dejarla en 40 km. Salir así al monte tiene algo de masoquismo, pero después de tanto tiempo esperando y las horas de viaje… Ahora lo hacemos sí o sí.

Sobre las siete y media de la mañana llegamos a Cabezón de la Sal, dejamos el coche en el polígono y nos acercamos andando hasta la zona de la salida. Aunque la lluvia no para, aquello está abarrotado de gente y las dudas que se oyen entre el resto de participantes, especialmente los de BTT, son si salir y abandonar o ni siquiera salir.

Ambiente de la salida.

A las ocho dieron el pistoletazo de salida, pero hay tanta gente que nosotros no empezamos a caminar hasta las ocho y veinte. En la ruta a pie somos unas dos mil personas o algo más. La salida tiene un puntito de emocionante, porque el pueblo está volcado en el evento y hay un montón de gente animando y aplaudiendo. ¡Nunca me habían aplaudido por caminar! De todas formas, tiene más de estresante. En pocos kilómetros se abandonará la carretera, se empezará a subir y me imagino que empezarán los tapones, así que cuanta más gente vayamos dejando atrás, mejor. Esto hace que las siete personas que vamos juntas, en dos kilómetros ya nos hayamos separado completamente. Delante, Rocío y Julio; algo detrás, aunque de vez en cuando todavía les localizamos, Sergio y yo; y más atrás, y a los que ya no veremos hasta terminar, Ana, Sandra y Álvaro.

La primera subida del día tiene una buena pendiente, pero se nota que todavía voy fresca, mantengo un buen rimo y continúo adelantando gente (también hay otros que me adelantan a mí). De todas formas, Sergio sube aún más rápido y acabo perdiéndolo de vista. La lluvia no da ni un minuto de tregua, pero al menos en esta zona no hay viento y con el paraguas se va bien.

Al terminar la subida vuelvo a juntarme con Sergio, que me estuvo esperando. Él llegó a ver de nuevo a Julio y a Rocío, pero al pararse volvió a perderles de vista. El camino de bajada por la Cotera del Prado de los Rayos está tan lleno de barro que cada uno busca su mejor opción, que muchas veces es ir pisando zarzas, ya que al menos no resbalan. Aquí ya he tenido que guardar el paraguas y sacar los bastones. Esta bajada termina en una pista que vuelve a hacer cómodo el camino y volvemos a llevar un buen ritmo, especialmente en el tramo por carretera entre Ucieda y Ruente. A los 15 km llevábamos una media por encima de los 5 km/h a pesar de haber hecho ya 700 m de desnivel positivo, lo cual nos hacía ser optimistas sobre la hora a la que pensábamos que podríamos terminar. ¡Aún no sabíamos dónde nos habíamos metido!

Tras pasar Ruente, volvemos a subir. Dudo entre seguir con bastones o volver a sacar el paraguas, pero total, ahora que ya me he mojado, me da pereza hacer el cambio. Ya no volveré a usar el paraguas en todo el día. En esta subida Sergio vuelve a dejarme atrás y yo la hago charlando con una chica asturiana y otra cántabra que era la tercera vez que participaba y nos fue adelantando un poco lo que nos esperaba. A la chica asturiana me la encontré después bastantes veces más a lo largo del día.

Sergio volvió a esperarme al terminar esta segunda subida y ya seguimos juntos. A partir de aquí empezamos a saber de verdad lo que es el barro. Nos adentramos en un bosque precioso en el que hay que ir caminando en fila india. En el fondo agradecía cuando se hacían tapones, porque así podía levantar la vista del suelo y disfrutar del hayedo. Caminando, era imposible. Las culadas empiezan a ser algo habitual y es imposible no preguntarme cuándo me tocará a mí.  Aun así, reinan el buen humor y las carcajadas.

En el kilómetro 18,5 nos encontramos con el primer avituallamiento, una enorme carpa con un montón de comida y bebida. De todas formas, ni me fijé en qué había. Los bocadillos de Nocilla, que hacía años que no comía, me cegaron completamente y me zampé dos. ¡Qué bien me sentaron! Allí nos encontramos con Rocío, aunque poco después nos volvió a adelantar.

El avituallamiento está situado en el punto clave para afrontar la subida más larga del día, que es la que viene a continuación. Tras ir caminando un rato junto al río Bayones tenemos por delante unos cuatro kilómetros de subida sin tregua, la primera parte a través de un precioso bosque, eso sí, hasta llegar al cordal. Al menos la subida hasta aquí fue por una pista cómoda. Tras llanear un poco por este cordal, llega «la pared». Para alcanzar el Alto del Toral, a 899 m, hay que salvar un desnivel de algo más de 150 m en medio kilómetro. Hace un rato que me va molestando el hombro izquierdo y aquí ya se vuelve insoportable. No estoy acostumbrada a hacer tantos kilómetros con bastones y claramente lo estoy pagando. No hay un sendero bien definido y cada uno sube cómo y por donde puede.

Mientras subíamos no éramos tan conscientes del viento y el frío que hacía, pero al llegar arriba… Nos paramos para ponernos chaquetas y guantes y beber un poco, pero tampoco nos podemos parar mucho porque nos congelamos. El viento es incomodísimo y vamos con las capuchas puestas para protegernos la cara todo lo posible. También guardo uno de los bastones porque el brazo izquierdo lo llevo totalmente inutilizado. Como con el balanceo del brazo al andar me duele un montón el hombro, acabo enganchándome la mano al cinturón de la mochila a modo de cabestrillo.

La cresta por la que vamos ahora nos proporciona unas vistas preciosas. Es una pena que no las disfrutemos plenamente por culpa del frío y el viento. Al menos, el terreno es cómodo para caminar.

El viento en la cresta era realmente para salir volando.

Y bajando, bajando… vemos al fin la carpa del segundo avituallamiento, tras pasar el Alto de Castro Cerezo, cerca del kilómetro 30. Nos imaginábamos algo similar al primero, pero no, fue infinitamente mejor. ¡Huevos fritos con salchichas! Uno no sabe la felicidad, energía y buen humor que puede proporcionar esta humilde comida hasta que se ve en esa situación. Treinta kilómetros ya sobre las piernas, unos 1.500 m de desnivel positivos salvados (y cerca de 1.000 negativos), mucho frío, muchísimo viento, empapados por la lluvia… Comerte un huevo frito con las manos es el mayor placer que te puedes imaginar en ese momento. Eso sí, no está la cosa para pararse mucho tiempo, así que en cuanto nos lo terminamos, arrancamos de nuevo.

Llegando al segundo avituallamiento.

Y si pensábamos que ya habríamos pasado lo peor del día, nuevamente nos equivocábamos. Esta vez la tortura vino en forma de bajada por un camino (por llamarlo de alguna manera) convertido en tobogán de barro. Evidentemente, a estas alturas ya nos da igual mancharnos las botas (total, no se pueden manchar más), pero sí que no me haría ninguna gracia caerme, que el culo todavía lo llevo limpio, así que vamos con cuidado y sintiéndonos afortunados cada vez que no somos nosotros los que nos vamos cayendo, que no son pocos.

Llegando a Luzmela, ahora sí, parece que terminamos con el barro. Ya estamos de nuevo en zona civilizada y vuelve a recibirnos gente por la calle que nos aplaude. Los primeros han debido pasar hace horas y a los últimos todavía les deben quedar unas cuantas, por lo que me parece que tiene mucho mérito que esa gente esté allí, aplaudiendo a personas desconocidas, y se lo agradezco especialmente. A estas alturas en las que ya vamos teniendo ganas de terminar, para mí, al menos, estas muestras de ánimo cumplen su función. ¡Me animan!

Recorremos un tramo junto al río Saja y lo cruzamos, y en poco tiempo estamos de nuevo en la carretera por la que salimos esta mañana. De nuevo gente aplaudiendo. Niños que te quieren chocar la mano. Estamos a punto de llegar y la felicidad es tremenda, a pesar de las molestias que notamos desde hace un rato. El ambiente en la llegada es fantástico. La alegría por haber conseguido lograr el objetivo que nos habíamos propuesto es inmensa, a pesar de no haber podido hacer los 50 km.

Cruzando el río Saja.

Tras cruzar la meta nos ponemos en contacto con los demás. Sandra y Álvaro abandonaron al poco de empezar. Rocío y Julio llegaron hace más de una hora y ya se han ido a casa a ducharse. Ana viene detrás de nosotros y decidimos esperarla.

Son las cinco y media de la tarde. Momento de hacerse fotos, llamar a nuestros padres… La lluvia vuelve a caer, pero ya nos da igual. Hemos terminado Los 10.000 del Soplao.

 

Si has participado en Los 10.00 del Soplao y te apetece comentar tu experiencia, anímate a dejarla en los comentarios. Nosotros fuimos siete, y cada uno lo vivió de una manera diferente. ¡Hay tantas experiencias distintas como participantes!

Datos técnicos

  • Longitud: 40,5 km
  • Fecha de realización: 18/05/2019
  • Desnivel de subida: 1.585 m
  • Desnivel de bajada: 1.585 m
  • Punto más alto: 897 m
  • Punto más bajo: 125 m
  • Tipo de recorrido: Circular
  • MIDE / Severidad del medio natural: 3
  • MIDE / Orientación en el itinerario: 3
  • MIDE / Dificultad en el desplazamiento: 2
  • MIDE / Cantidad de esfuerzo necesario: 5
→ ¿Qué es el MIDE?

Perfil

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Mapa

10000_del_soplao

Información geográfica propiedad del Instituto Geográfico Nacional.